martes, agosto 04, 2009

Presente.

La lenta cadencia del verano cepilla los cabellos de los sauces.
Para el que no quiera tanta orfebrería podemos decir que el sol continua girando locamente en su periplo natural, que los días transcurren rápidamente como años-luz, que hemos pasado el ecuador del año y que muchos cuerpos se achicharran, vuelta y vuelta, en las parrillas de la playa.
Desde la capital (el ombligo de este cuerpo de escombro que es la península ibérica), se vislumbran rayos de pereza entre las nubes del ocio. Todo está cerrado por obras, interrumpido por descanso, remansado. Y sólamente unos cuantos (son muchos pero parecen pocos) aporrean los teclados o estampan sellos en facturas interminables, haciendo horas extras que nunca serán retribuídas.

Es buen momento para discutir sobre aquella tesis que se nombró acerca de dos conceptos tan dispares como el Vértigo y el Éxtasis. Muchos dicen que el primero conduce al segundo, otros ignorantes (entre los que me incluyo) piensan que la prolongación del Vértigo es el Pánico. ¿Qué más da?: lo importante es que ambos conceptos, por separado, son lo suficientemente terribles como para intentar aunarlos y/o vincularlos. Lo importante no es el concepto, es el sentimiento. Y existe una tremenda diferencia, en el sentir, en las tres palabras expresadas.
En un escritor los estados son graduales: vértigo ante lo pensado, pánico ante un papel en blanco y éxtasis ante la obra acabada (en algunas ocasiones, este éxtasis puede transformarse en naúseas o ganas de vomitar y/o quemar el papelucho que se ofrece ante sus ojos)

El resto: literatura barata.

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