martes, octubre 13, 2009

Pasado.

Ha abierto la ventana de par en par para permitir que entre algo de aire fresco que pueda sofocar el calor de la noche. Después ha puesto al día su cuadrante de operaciones (ese pequeño acumulador de prestaciones) y ha sucumbido a la tentación de recrearse en su escritura.
Otro fin de semana perdido, abandonado en la faltriquera de algún peregrino celestial que ignora sus necesidades. Lucho Gatica dice algo al reloj: le dice que no marque las horas, que la noche es perpetua y que desea que nunca amanezca. Él no suele hablar con los relojes porque son muy descorteses: nunca se detienen para escuchar ni para contestar a las preguntas y, como se descuide, le roban la vida (¿la vida era tiempo?)
A estas alturas de su caminar empieza a comprender a aquella gente madura (o que creía madura) enamorada de los boleros. Escribe a los mordaces lectores/as, que no han tenido la ocasión de darse un empacho de tal música, un consejo en forma de acción para que vayan cogiendo gustillo a la cosa. Apunte en el lateral: nunca olvidar las letras.

“Nada, sino esta ausencia infame, nuestro mundo.
Y alégrate aún de esta desgracia mientras que llega
el odio,”.../...
Juan María Calles

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