miércoles, abril 17, 2019

Nonsenses VIII



Dentro del invierno viven las conversaciones: frases de abrigos sobre el suelo del andén que aplastan cenizas entre murmullos.

No ha sido bueno el día hasta...
A pesar de todo, he estado pensando...
Puede que abandone el tabaco y me quede con otros vicios...
Abrígate y no dejes que la tristeza te enmudezca...
Eras tan importante, aunque...
La vida es tiesa como paño congelado...
Ahora, en casa, dejaré sobre el perchero...
Otra cosa ya no vale...
He llegado a la hora y me encuentro...
¿Escrito?. Pero si no se entiende...
No quisiera ahondar en...
Escucha el silbido...
Ahora podremos volver a vernos sin...
He recordado mucho..

Dentro del invierno viven las conversaciones: charlas con las muertes olvidadas del día y las palabras para retomar todo.
Sin estridencias.



domingo, febrero 24, 2019

LETRAS AJENAS: ALEJANDRO CÉSPEDES



A mí, que fui una luz,
                         la luz me mata.

Pocos autores arriesgan tanto en la creación. Pocos no se quedan estancados en estilos repetitivos. Pocos, muy pocos, se atreven a lanzarse en trapecios sin red en cada obra que gestan.

Pero hay un autor que lo lleva haciendo hace muchos años y, a cada pirueta literaria, el asombro y la respiración se aúnan para detenerse en ese espacio inexplicable del placer de la lectura.

A Alejandro Céspedes se le podrá tachar de muchas cosas (puede que, incluso, tenga algún detractor) pero nunca habrá que negarle esa capacidad de ingenio infinita, ese apostar por temas innovadores o  delicados, o ese fluir permanente para buscar nuevas formas en la poesía (tanto en temática, como en estilo, como en lenguaje)

Las caricias del fuego se llama la última belleza que han moldeado sus inquietas ideas. Las caricias de un amor destructor y egoísta, de horror y repudio, de locura y lucidez. Las caricias escritas que, trasladadas en imágenes, absorben al lector/espectador en multitud de sentimientos y sensaciones, obligando al mismo a ser partícipe activo de oníricas realidades (nada más real que las pesadillas que suceden realmente y que son cometidas por ese monstruo llamado ser humano).

Viene este libro con un apoyo en imágenes de un mérito excepcional: toda la grabación en película de partes del texto ha sido realizada por personas aficionadas (incluso la realización de la misma) resultando un trabajo más allá de digno y con una sensación de estar ante un proyecto colosal de muchas horas y de un trabajo exhaustivo. El libro se vende con un pincho para poder disfrutar de dicha película junto a la lectura del mismo.

He aprendido a amansar sus estampidas
construyendo en mi cuerpo dos Aurelias idénticas.

Aurelia, Aurelia, Aurelia...niña de descubrimientos siniestros, de caricias repugnantes, de paseos oscuros.

Ya está aquí. Huelo la podredumbre de su aliento.
Va acercando su hocico a mi entrepierna porque está en celo siempre, como un perro habituado a predecir los días en que ovulo.

 Aurelia, Aurelia, Aurelia..mujer de incertidumbres y negaciones, de llamadas y miradas, de locuras presentes.

A  través de esta garganta enronquecida
solidifica el aire que respiro.
Escupo el desperdicio
de mis propias palabras,
pero igual que cemento encarroñado
se agarra a los anillos de mi traquea.

 Aurelia: víctima y verdugo, verdad y leyenda, historia conclusa.

He llegado hasta aquí y soy ante mis ojos
la materia que rellena los huecos de mi lástima.

Doy gracias, al final, frente al espejo,
de haber permanecido a oscuras tantos años.

¿Discutir la diferencia entre artista o creador? Ningún humanista pondría duda a la cuestión y, aún así, parece que algún iluminado lo hace.
Alejandro Céspedes no se limita a trasladarnos, con más o menos maestría, lo cotidiano o lo extraordinario con palabras bien trabajadas. Va más allá: arriesga. Y el órdago lo gana con buena mano.

Las caricias del fuego se quedará siempre como una obra inmensa que estremece y que consigue que el lector participe activamente de un texto donde siempre ha de tomar parte y juzgar pero donde, desgraciadamente, no puede remediar que su veredicto final no influya en el resultado.

El pasado tiene muchos puntos oscuros. La sociedad de hace casi cien años no es la misma que la de hoy en día. Pero lo que nunca cambiará será la figura del depredador. La despreciable y nauseabunda figura que puede marcar una vida entera, trastornándola totalmente.

Es la hora de leer poesía. No la que se amontona en los lineales de un gran hipermercado si no la que hace que aún nos quede esperanza de pensar que escribir un poema va más allá de contar banalidades en un diario adolescente que luego se publicará.

Es la hora de Las caricias del fuego.

Estoy en el futuro.
Entré aquí maniatada.
Os escupo los sueños que me distéis.
Fue el engaño como una profecía
que, repetida tanto, se ha cumplido.

Ya soy lo que quisisteis.
Soy de nadie.



martes, abril 17, 2018

Nonsenses VII




            Ella oculta sus pecados en una tela transparente.

            Dibuja, con aparejos traídos del desorden, un caos predefinido imposible de creer.
            Salvo por ella misma.

            Él duerme su escepticismo con la ayuda de cápsulas enlatadas de colores.

            Y reposa, tranquilo, los posos de la cofradía que procesionan en las calles inhabitadas de su mente.
            Velas y flores para la lengua inerme que no canta las estaciones.

            En el fondo de los pozos la negrura de lo remoto.
            O lo consabido y certero.

            La confirmación de un supuesto es la afirmación de un temor fundado.

            Al final, la noche para fundirse en la soledad.

            Y el agradecimiento al destino por vivir en las imperfecciones.


viernes, abril 13, 2018

Nonsenses VI




Tiene un corazón prestado que usa para sobrevivir en los senderos subterráneos de esperanzas, para hacer merecedoras a las palabras y a las fantasías insolentes.

Usa puertas abiertas para las adivinaciones que discurren en los canales del cerebro: la imaginación sin pulso, el disfraz de terciopelo, las ideas jades que comentó ante las preguntas.

Promete, si sale de esta, volver a pecar en el quinto.

Y tocar la guitarra.

Promete volver a casa después de asesinar el día y dejar que ese carmín pinte otros espejos con esporas invisibles que aparentan enamoradas.

En las mejillas: seis líneas y muchos puntos suspensivos a centímetros de un nuevo rechazo.

Adivinaciones, enojos, lluvias en los retornos, silencios…

Sabe que lo posible es un mínimo intervalo de la realidad que vive en tierras de silencios y traiciones.

Y se acuesta en silencio sin molestar a la suerte, haciendo todo despacio para que el tiempo pase rápido.

Para que no torne el brandy en agua y vuelva a arreciar la hiedra que corroe las entrañas.


miércoles, abril 04, 2018

Nonsenses V




            El lector es el propietario de cada sentimiento escrito.

            Un dios que adopta las palabras usándolas a capricho, interpretando momentos, adaptando complicidades según transcurre la lectura.

             Recuerda, mientras nota el viento arrastrando su tristeza, el último poema que amasó con el mimo de la querencia, el grito en el páramo encharcado de su paisaje.

            Recuerda la intención de todo para que pareciese nada.

            De los escombros se crean bellas ruinas que complementan los encuadres.

            Pero él no está ahí para fotografiar nada.

            Dejó de ser protagonista para convertirse en lector leído.

            Incluso le hablaron de gestionar algo que nunca pensó que habría que hacerlo. Porque la vida no era gestión: era vivir.

            Suena el tono de un improperio bajo el algoritmo de una incerteza.

            Lee, detrás de un tomo estrafalario, las vicisitudes.
           
            Lee su vida.

            Recuerda un dios fotografiando escombros, protagonizando su vida, gestionando sus despedidas, recordando sus intenciones.

            Se recuerda protagonista.

            En la Baraka que deseó cuando el tiempo era dócil e inválido.


martes, marzo 27, 2018

Nonsenses IV





           Le proponían un juego de palabras que abarcase todas las insatisfacciones.

Le retaban a que sus sueños tuvieran una redacción imposible acerca de un concepto que habitaba en un absurdo libro de autoayuda que le dejaron hace tiempo.

Y él colocaba, sin avisar, un pequeño prefacio y una parrafada, ya escrita, junto a un poema de un libro inacabado.

Sin dar más explicaciones a las características de haber sido un imbécil sentimental.

No las pidió (ya se encargaron de explicárselas).

No las había.

En realidad no había nada salvo una fachada cínica que no conducía a sitio alguno pero que siempre era válida para sobrevivir: un anticiparse a la burla o el desamparo.

Era todo.

Es todo.

            Ellos saben de su pobre actitud para las cosas perdurables, de su actuación cotidiana para subsistir, para no mostrar tanta mansedumbre, tanta cobardía.

Ellos saben de mundos irreales que nunca serán habitados por su incapacidad, por su indiferencia, por la atrofia de la partícula que mueve una parte oculta del corazón.

Ella sabe que la razón se antepone al sentimiento.

Él sabe que la amargura mancha y que el tiempo es un ladrón.

            Por esos tiznes que ensucian su ánimo, por tantas cosas que el tiempo le ha robado, por tantas citas perdidas y tantas palabras encontradas, es un imbécil sentimental.

Por necesidad.

Por terminar, aunque sólo sea en pequeñas píldoras, con las palabras que debe.

Por todo.



miércoles, marzo 21, 2018

Nonsenses III




Observó la manada junto a la puerta.

Si sabes pedalear, tengo una bicicleta para ti, le dijeron.
No contestó.

El equilibrio no era el analgésico recetado para encontrar mejoría, pero bien podría ser el placebo que encauzase la andadura.

Si te atreves a recorrer estas calles puedes elegir la que quieras, le insistieron.
Pero sólo supo levantar la mirada y preguntar en silencio si merecía la pena. Si el empedrado no partiría en mil las astillas de su esfuerzo.

Las calles no eran más que arterias necrosadas donde alguna vez fluyó vida. No era necesario caminar por el eco de los tejidos para darse cuenta que los restos del suelo eran líquidos anestesiados.

Rodar sobre la mugre era igual que abandonar a una amante de madrugada tras una discusión: efectista pero poco efectivo.
¿En qué lado de la discusión estuvo como amante?

Las calles no palpitaban.
Nunca volverían a rebosar luz, como aquel entonces, ni empujarían los cuerpos que las pisaban con la fluidez de un torrente.

Si montas comprobarás que no eres tan viejo como piensas, aseveraron.
Y ahora sí sonrió porque acababa de entender el motivo de aquel acto, la fibra de la cortina que tapó el escenario, la excusa no dicha para cercenar el único hilo que colgaba de la ilusión.

Era viejo, sí.
Pero sabía que nunca abandonaría el espacio de su recuerdo y, aunque fuera poco, adoptaría unas cuantas marcas escritas por ella.
Visitas documentadas a lo superficial, a los superficiales.
Fugaces recuerdos adosados a su tristeza rutinaria camuflada en seriedad.

Aunque aquella noche torpe, aquellos días enfermos, no hubiera sentido lo mismo por él: era una mujer poco vulgar. 

Volvió a sonreír, esta vez con una mirada infinitamente triste.

Dame la del sillín rojo.



domingo, marzo 04, 2018

Nonsenses II




¿Cuál es la diferencia entre literatura y realidad?
¿Qué deseo fuerza a lo inamovible a ser trasladado desde el principio hasta el repudio?

No hay fuerza que imagine el poder de lo ilusorio. Ni canción que lo interprete.

El puente más sólido entre las orillas de dos formas de vivir es aquel formado por las diferencias, aquel que se tiende cuando hay proyecciones.

El puente más frágil entre las orillas de dos formas de vivir es aquel formado por coincidencias, aquel que se rompe cuando las intuiciones derivan en catástrofes.

Boris dice que todo pudo haber sido mejor. Que en las situaciones siempre influye una buena dosis de mala suerte, un designio predicho cuyo final es imposible de modificar.

Desde aquella frase, que el eco se empeña en repetir como si fuese un mantra o un estribillo, la sentencia está dictada y poco importa ahora preguntarse porqué.

¿Esto no iba a ningún lado?

Los motivos sobran: ¿qué más dan?, ¿qué importan?, ¿a qué preguntarse nada?

¿Cuál es la diferencia entre literatura y realidad?
¿Qué deseo incitó el génesis o la equivocación pensando que todo iba a ser distinto, cuando todo era igual que siempre?

Cuando todo era igual que nunca y la maravilla del principio se transformó en la normalidad de siempre.
Cuando el príncipe se convirtió en rana y la princesa no quiso ser rescatada.

Esa fue la diferencia: la literatura nunca se convierte en realidad.

Y amaneció otra vez.
Y vivieron felices y comieron perdices.

Por separado.


martes, febrero 27, 2018

Nonsenses


   Joel Fleishman duda entre salir al frío o tomarse la última con Holling.

   Los días son iguales en Cicely y la monotonía ha cuajado como las últimas nieves.

   En la distancia planea un escenario donde nunca se representará función alguna y pronto oscurecerá en un entorno de auroras boreales.

   Sólo hay que viajar, decían, para llegar donde te pondrán puertas. Donde la realidad te escupirá en los momentos como si fueras una pesadilla en la vida ajena. Donde las mentiras hablarán como si fueran las mismas realidades.

   En el pueblo, (¿era un pueblo o una ciudad pequeña?), se reniega de la existencia pero se sigue apostando por ella. Por la sumisión de la comodidad o la aventura de lo efímero: dos polos que se atraen y se repelen.

   Joel Fleishman sabe que las opiniones cambian como el viento en Alaska, que lo que fue novedad ahora es rutina parsimoniosa o, peor aún, olvido.
   Todo es olvido desde que se decide que así sea.

   Desde que se decide que lo viejo es prescindible y es mejor coleccionar algo nuevo.

   Y que la queja tatuada nunca se borrara por mucho que se frote con palabras sin jabón.
 


Doctor en Alaska. No quiero. Northern Exposure.

jueves, febrero 15, 2018

Correspondencia ordinaria 9




LA DAMA DEL LAGO

El miedo concluyó apresando el ahora,
las anécdotas, el aire, las cinco
de la madrugada y la huida muda
tras la última frase ventisca.

Se cargó el futuro de expectativas,
comprobando que no fueran sangre
mojada, anudando los instantes
hasta hacer cuerdas colgando del tiempo.

Yo quise percibir los ojos ausentes,
beber los silencios del pensamiento,
gastar las provisiones de aquel nunca
para morir en otra nueva etapa.

Estudié la prosodia de los guiños,
la escarcha y el interior de la sombra,
tatuando lágrimas en cada pecho
con la propuesta de lo que no sería.

Quedó una sombra agachada que toma
la sinsustancia de lo que queda al cortar
una página del cristal forzado,
añicos de los versos tristes de hoy.

Ventanas entornando los párpados
enmudeciendo mi figura en la marcha.
Miro sin decir. Puede que mañana,
cuando ya no esté, olvides mi nombre.