martes, agosto 13, 2019

Nonsenses IX




Todo tiene su nombre y su forma excepto la forma de la palabra que nunca se escribe por miedo (sinónimo de temer y antónimo de realidad) a la maduración de las metáforas recitadas, al rechazo de lo tangible, a la posible marea definitiva.

La forma de las canciones con nombre de mujer es curva como el arco tenso de un cazador de nubes.
Y la alegría pegadiza de los anexos, un canto a los próximos días de distracción, ocio y reencuentro: mentiras maquilladas.

Aristocráticamente formal, el viento cimbrea el cuerpo voladizo mientras las dunas contestatarias mueven sus siluetas, al compás de la incógnita, e insinúan un abrazo áspero sobre las piernas.

Tiene el viento arrancando su piel y el frío escarbando sus entrañas.

            Por eso se ha puesto de acuerdo con el pequeño duende de los jueves y comienza a editar sílabas entrelazadas, frase tras frase, párrafo tras párrafo, envolviéndolas en un papel de regalo imaginario que flotará por las ondas invisibles de lo remoto, sobre alfombras mágicas tejidas con cabellos y estambres, esperando que ningún miserable las espíe.
Ningún miserable asexuado rompiendo cristales de qué será.
Que no rompa ese abrigo.

Por eso se arrastra, salamandra inquieta, ante el viento que escupe la furia de poniente: para volar y perderse acompañando a la felicidad desorientada.

Porque no es más que un acompañante subversivo y guardaespaldas.
             Pero acompañante.
Y se acabaron las batallas porque ya no es su guerra la que luchan otros.

Aunque en las adversidades se siga encomendando a San Fortunato, patrón de los nicotínicos.

Antes de cuánto y cómo, de porqué, de y si .

Ahora ya lo sabe y ya no lo sabe.
O quiere saberlo y no quiere saberlo.
           ¿Qué más da?

           El mundo sonríe bajo su pisada.




martes, junio 04, 2019

Letras a débito. Presentación de José Luis Torrego





Ante todo gracias a Rafael por su confianza al pedirme me hiciera cargo de esta presentación, a José Luis por confianza y su amistad: Gracias, finalmente, a todos ustedes por estar aquí dispuestos a sufrir estos minutos despiadados de mi oratoria.

TRAYECTORIA

José Luis Nieto es un poeta urbano y del desencanto. Una puntualización, esto no es lo mismo que un poeta del desencanto urbano. Él en ningún momento se siente traicionado o decepcionado por Madrid, que de hecho es el hogar  del retorno final de este su último libro, él se siente desencantado por los amores multicolores que destiñen a los pocos lavados dejándote el resto de tu vida y de tu ropa para la basura. Y sí, ocurre que esos desencantos suceden en Madrid.
José Luis sabe —es amargamente consciente— que el destino de las palabras es recluirse en el olvido, sin embargo, escribe “Un tiempo de adiós” y “Rastros perdidos”.
José Luis conoce la decepción de aquello que fue y el entusiasmo mutilado de lo que acabará no siendo. Sin embargo, escribe “Diario de improvisaciones” y “Cuadros sin colgar”.
Por eso su poesía es bronca y escueta como el whisky, y como el whisky arde en la garganta al beberla directamente de la botella tras escupir el corcho con la boca. Porque así beben los vaqueros solitarios, especialmente cuando son urbanos, más aún si es la medianoche y , obviamente sin más remedio, si montan un caballo de dos ruedas.
Mucha película con final de amor feliz en vena, ¿y al final qué, José Luis?

                        Nos han mentido y nada
                        queda.

Y se confirma:

                        Al final nada
                        nada perdura: ni la huella salvaje
                        de los momentos cabalgados, ni el último
                        poema, ni la sonrisa final
                        de la camarera (…)

Otra característica de José Luis es la de ser poeta sin yo poético. Es él mismo quien está dentro de su obra batiendo el cobre en cada verso, encajando cada tajo en su pellejo,  sufriendo caídas desde un encabalgamiento y apañándose una metáfora como torniquete si acaso le dejan una tregua.
Un poeta sin evasiones literarias ni huidas. Siempre canta y describe su ciudad, natal una vez y cruel muchas, siempre la realidad viciada de paraíso artificial que es Madrid. Cierto que, de vez en cuando, encuentra por el fango nocturno algún zafiro entre los ajos y disfruta de una “sinéresis labial” durante un breve espacio, sin olvidar un momento, eso sí, que todo es espejismo.
Ya en 2011 nos confesaba José Luis que quería hacer un libro de espejos con la materia insulsa de los días. Curiosamente, nuestro amigo el gran Alejandro Céspedes lo hizo realidad literalmente en Topología de una página en blanco.
José Luis no encuentra refugio en el recuerdo. Para él no existe la aspiración a eternidad de lo fugaz que hay en Salinas, la memoria no es el mágico preservar el esplendor en la hierba. Nada de eso, la memoria en Nieto es una visita pesada que te hace enmohecer en la pena de lo perdido, oxidarte en el “sulfuro en las lágrimas”. 
En cuanto a su estilo, muy de la escuela castellana:  su “repertorio es pobre”, no intenta “artesonar su quincalla”.
En 2013 hay un conato de inventar un heterónimo, o quizás un doble para los versos peligrosos: Boris Lubernieff, al que presenta como un ser extraño que se dedica a hilvanar el pasado sobre el presente, a descoser el futuro y a pasear a en soledad por la ciudad a deshoras. Alguien urbanita y decepcionado que recoge esquirlas del minutero, cada una con un nombre de mujer. Y se hace viejo.
Como ven, nos resulta muy familiar el Lubernieff este.
Más aún cuando le vemos sus pensamientos indecisos entre dos opciones para escapar de esa dolorosa existencia: o empadronarse en Nuncajamás como niño perdido, o hacer buenas migas con el tipo del espejo. Tipo que en Letras a débito reaparece en el papel estelar de “El imbécil”. Tan estelar que casi se hace con la titularidad del libro.
Lubernieff y José Luis son “soldados de la rutina”. La rutina es el infierno de los desamados, la inmovilidad pantanosa de quien quiso ser río y fluir. La rutina de los espejos, de las estanterías con citas afiladas, de los marcos con caras que gritan “¡envejeces!”.
Y José Luis, un poeta de diario —o de andar por casa, que se declara él—, nos confiesa sus huidas. El bullicio, el alcohol son para él una tentadora invitación a la amnesia indolora. Toma, sin embargo, con entereza ese fracaso, arrastra esos momentos a sabiendas “como una silla de metal araña el suelo de mármol”. Reivindica la derrota y considera que “ha vencido porque es suya la derrota”. Y también suyo el símbolo y territorio donde ocurrió:

                        Porque la noche es mía.

Vive en lunes y en otoño. En una rutina sin ciclos ni estaciones y llega a la conclusión de que hay una Generación de los Desarraigados, de la que él es miembro vitalicio.
Retornemos a Madrid, la otra constante en su obra. Madrid, “ese cemento en temporal continuo”, desde cuyos “tejados la luna ilumina a un trapecista imaginario que le saca la lengua.” Suena al final más común a una noche de farra.
Y aún así, el viejo desencantado, mil veces trasquilado, insiste y se ve una vez más caminando reincidente bajo ese cielo de plata

                       Como lobo envejecido por la soledad y el hambre
                                                                     queriendo amar.

¿Y qué es la poesía para José Luis Nieto?
Ante todo hay que responder que una vocación. Nunca buscó en ella  vil metal ni laureles dorados, escribió porque necesitaba escribir. Pero la pregunta no era por qué, sino qué. Dejemos que él responda:

                        Volver al recuerdo incandescente de la niñez
                        a la bonhomía de la desesperación descalza.



LETRAS A DÉBITO
           
La nueva entrega de José Luis se posiciona con la confirmación y la advertencia en palabras de Montaigne sobre la inexistencia del yo poético; estos versos son él mismo sin trampa ni cartón.
En cuanto empezamos la lectura sentimos que VUELVE LA NOCHE, no la de evasión en cazas nocturnas, sino esa de lágrimas invernales, la habitada por figuras en pena deambulando por un escenario de rutinas. Vuelven cíclicamente los fantasmas que parecían conjurados ya: el insomnio, el frío, los cuadros por colgar, la ropa sin tender y los monólogos sin réplica. ¿Nombre de la escena? Nos lo dirá después: “el lugar donde las promesas nunca se cumplen.”
El autor nos dice “vengo de”, yo creo que más bien ha llegado.
En TRES NEGACIONES: parece dejarnos el propósito del autor en este libro: “dejo constancia en mi luto de tanto disparate./ Para cuando no sea, / ni vea, / ni tenga.
Al leer OVER THE RAINBOW:      

Deja de escarbar en la culpa […]
Ya no te arraigas […]
En este terreno estéril[…]  
Quema las semillas […]

constatamos que la dolencia sigue siempre siendo la misma: soledad. Soledad que araña febril desde las meditaciones inquietas (a veces matemáticas: dos verdades ficticias entre tres/crónicas quebradas por cuatro…), o metafísicas (hay que preguntar con necedad/las posibilidades de la inexistencia). El Time-out posible sigue siendo el mismo: la resaca del no vivir. Y tras el breve espacio alcoholizado, encontrarse de nuevo el inmovilismo en la herida, la angustia de la desesperanza y una existencia que sólo puede darte un salvoconducto, el que va a ninguna parte.
A mitad de la primera parte, en MODISTOS, el poeta interpela a una segunda persona, a la amada, de forma directa e intimista. El monólogo ha cedido a una confesión sobre las razones de la derrota

                                   Tú y yo somos
                                   sastres sin medidas.

                                   Fragmentos del nosotros
                                    entre agujas y dedales

Pero es un espejismo. No hay diálogo, soledad tan sólo. Y la segunda persona verbal continúa en los poemas posteriores pero en imperativo, en un monólogo interior donde el poeta se acribilla a consejos que sabe que no va a seguir, ni tampoco le salvarían si los siguiese. Es EL FINAL de una partida acabada porque sobraban tahúres. De nuevo las matemáticas: tres son multitud.
El buen salvaje sigue presente. En esta entrega, José Luis sigue creyendo en la infancia y su inocencia, en aspirar a los Niños Perdidos con los que una vez vivió, pero uno ha de crecer a pesar suyo “de larvas a mariposas criminales” (CALMA CHICA).  Nuestro poeta, acepta con oficio el destino de envejecer y lo afronta como un mascarón frente al relámpago, o peor aún, frente al espejo, donde EL IMBÉCIL le mira cada mañana y conquista su territorio, su Nuncajamás, con sus ejércitos senectos y marchitos.
Acaba esta primera parte, “De andar por casa”, con dos poemas de trina estructura similar, membrados sobre la línea pasado-presente-futuro. Un pasado ilusorio y fugaz que quiere ser retenido aun a costa del embuste que lo disfraza de porvenir y pide a lo T. Williams “Hagamos de las mentiras verdades”. Ese es el presente, momento de embriaguez que trata de reventar todo, volar por los aires el pasado y sin ese lastre poder iniciar la nueva vida.
Porque la alegría nunca puede ser presente, sólo un anticipo del futuro. A pagar en costosas letras a débito.
Despedimos así la primera parte del libro, de vida no vivida, llena de guiños cinematográficos, que se anuncian con el poema “Sesión continua” , que se confirman con “REPOSICIÓN” más tarde y que van jalonando el libro con “DESAYUNO CON MANTIS”, “HABITACIONES CON VISTAS”, “OVER THE RAINBOW” y, “AMÉRICA”.
Incluso el autor se atreve a escribirnos el guión de una ESCENA DE INTERIOR cuya iluminación para él y ella es  “un farol que ilumina soliloquios”.
Y comienza la segunda parte, CORRESPONDENCIA SIN RESPUESTA, que trata, en contraposición, de lo vivido, de películas hechas por uno mismo, de viajes y ciudades, de fines de semana emparejados y voluptuosos. Eso es al menos lo que pretenden en apariencia. En realidad, quizá no sean más que el adorno, lo accesorio de un “homecoming”.
¿Cuál ha de ser la última ciudad de esta serie? Madrid. El Madrid que dio los momentos enamorados. Y también el Madrid que dio los infiernos de la rutina, las noches de lobos y la casa encantada, el ahogo y la angustia. La infancia. MADRID es la vuelta a casa.
En realidad, esta Correspondencia sin respuesta es una serie de postales donde el poeta trata de hacer un óleo expresionista con la ciudad y su compañía.
Confirma un verso mío, algo que les confieso he sentido muchas veces, en la elaboración de estas palabras: esa constante coincidencia en sentimientos o imágenes entre mi tocayo y yo y que les he ahorrado porque es prolijo y además hoy es su día. Sin embargo, a esta no me resisto porque está en el mismo espíritu que alienta esta parte del libro. Me ha recordado mi idea de que las ciudades no son las ciudades. Las ciudades son las ciudades y la persona con quien las visitamos. Veamos cómo se ilustra la idea con los poemas de José Luis: Berlín son sospechas a la orilla del río Spree; Nueva York, convencerse de la imposibilidad de encontrarse en el torrente de gente diversa; La Habana, olas que rompen en el malecón sin ningún director de orquesta; Roma, reescribir la estrofa y hablar de un cuerpo abarloado junto a otro; y Madrid…
Madrid es José Luis
Madrid es el compendio de su poesía
y el final de este trayecto:

MADRID (ESPAÑA)              Febrero

Apenas media tarde y ya es una noche vulgar.

Los espectros levitan por los andenes, son devorados por ruidosas lombrices metálicas o se sumergen en las trincheras minadas de portales fantasmagóricos.

            Algún despistado levanta la vista del suelo y sonríe.

Puede que le duelan las alas quebradas, los deseos luxados o algún teorema vital torcido.

¡Qué extraño sonreír por el dolor!

Apenas media tarde y cualquiera es una noche, un agujero negro de materia rutinaria.

            A través de los cristales recuerdo que alguna vez fui un astrónomo incomprendido
que corría detrás de las estrellas.
Que corría entre callejuelas descuidadas y faldas de colegio,
entre perros vagabundos y árboles estériles,
entre espectros de los andenes y ángeles rotos.

            No existes.

Nunca has debido de existir porque nunca te he tenido.

Y en esta tregua donde ya no queda mundo para encontrarte
mis restos cansados reposan en la soledad de esta habitación.

            He vuelto a casa.

            Como siempre.

José Luis Torrego

miércoles, abril 17, 2019

Nonsenses VIII



Dentro del invierno viven las conversaciones: frases de abrigos sobre el suelo del andén que aplastan cenizas entre murmullos.

No ha sido bueno el día hasta...
A pesar de todo, he estado pensando...
Puede que abandone el tabaco y me quede con otros vicios...
Abrígate y no dejes que la tristeza te enmudezca...
Eras tan importante, aunque...
La vida es tiesa como paño congelado...
Ahora, en casa, dejaré sobre el perchero...
Otra cosa ya no vale...
He llegado a la hora y me encuentro...
¿Escrito?. Pero si no se entiende...
No quisiera ahondar en...
Escucha el silbido...
Ahora podremos volver a vernos sin...
He recordado mucho..

Dentro del invierno viven las conversaciones: charlas con las muertes olvidadas del día y las palabras para retomar todo.
Sin estridencias.



domingo, febrero 24, 2019

LETRAS AJENAS: ALEJANDRO CÉSPEDES



A mí, que fui una luz,
                         la luz me mata.

Pocos autores arriesgan tanto en la creación. Pocos no se quedan estancados en estilos repetitivos. Pocos, muy pocos, se atreven a lanzarse en trapecios sin red en cada obra que gestan.

Pero hay un autor que lo lleva haciendo hace muchos años y, a cada pirueta literaria, el asombro y la respiración se aúnan para detenerse en ese espacio inexplicable del placer de la lectura.

A Alejandro Céspedes se le podrá tachar de muchas cosas (puede que, incluso, tenga algún detractor) pero nunca habrá que negarle esa capacidad de ingenio infinita, ese apostar por temas innovadores o  delicados, o ese fluir permanente para buscar nuevas formas en la poesía (tanto en temática, como en estilo, como en lenguaje)

Las caricias del fuego se llama la última belleza que han moldeado sus inquietas ideas. Las caricias de un amor destructor y egoísta, de horror y repudio, de locura y lucidez. Las caricias escritas que, trasladadas en imágenes, absorben al lector/espectador en multitud de sentimientos y sensaciones, obligando al mismo a ser partícipe activo de oníricas realidades (nada más real que las pesadillas que suceden realmente y que son cometidas por ese monstruo llamado ser humano).

Viene este libro con un apoyo en imágenes de un mérito excepcional: toda la grabación en película de partes del texto ha sido realizada por personas aficionadas (incluso la realización de la misma) resultando un trabajo más allá de digno y con una sensación de estar ante un proyecto colosal de muchas horas y de un trabajo exhaustivo. El libro se vende con un pincho para poder disfrutar de dicha película junto a la lectura del mismo.

He aprendido a amansar sus estampidas
construyendo en mi cuerpo dos Aurelias idénticas.

Aurelia, Aurelia, Aurelia...niña de descubrimientos siniestros, de caricias repugnantes, de paseos oscuros.

Ya está aquí. Huelo la podredumbre de su aliento.
Va acercando su hocico a mi entrepierna porque está en celo siempre, como un perro habituado a predecir los días en que ovulo.

 Aurelia, Aurelia, Aurelia..mujer de incertidumbres y negaciones, de llamadas y miradas, de locuras presentes.

A  través de esta garganta enronquecida
solidifica el aire que respiro.
Escupo el desperdicio
de mis propias palabras,
pero igual que cemento encarroñado
se agarra a los anillos de mi traquea.

 Aurelia: víctima y verdugo, verdad y leyenda, historia conclusa.

He llegado hasta aquí y soy ante mis ojos
la materia que rellena los huecos de mi lástima.

Doy gracias, al final, frente al espejo,
de haber permanecido a oscuras tantos años.

¿Discutir la diferencia entre artista o creador? Ningún humanista pondría duda a la cuestión y, aún así, parece que algún iluminado lo hace.
Alejandro Céspedes no se limita a trasladarnos, con más o menos maestría, lo cotidiano o lo extraordinario con palabras bien trabajadas. Va más allá: arriesga. Y el órdago lo gana con buena mano.

Las caricias del fuego se quedará siempre como una obra inmensa que estremece y que consigue que el lector participe activamente de un texto donde siempre ha de tomar parte y juzgar pero donde, desgraciadamente, no puede remediar que su veredicto final no influya en el resultado.

El pasado tiene muchos puntos oscuros. La sociedad de hace casi cien años no es la misma que la de hoy en día. Pero lo que nunca cambiará será la figura del depredador. La despreciable y nauseabunda figura que puede marcar una vida entera, trastornándola totalmente.

Es la hora de leer poesía. No la que se amontona en los lineales de un gran hipermercado si no la que hace que aún nos quede esperanza de pensar que escribir un poema va más allá de contar banalidades en un diario adolescente que luego se publicará.

Es la hora de Las caricias del fuego.

Estoy en el futuro.
Entré aquí maniatada.
Os escupo los sueños que me distéis.
Fue el engaño como una profecía
que, repetida tanto, se ha cumplido.

Ya soy lo que quisisteis.
Soy de nadie.



martes, abril 17, 2018

Nonsenses VII




            Ella oculta sus pecados en una tela transparente.

            Dibuja, con aparejos traídos del desorden, un caos predefinido imposible de creer.
            Salvo por ella misma.

            Él duerme su escepticismo con la ayuda de cápsulas enlatadas de colores.

            Y reposa, tranquilo, los posos de la cofradía que procesionan en las calles inhabitadas de su mente.
            Velas y flores para la lengua inerme que no canta las estaciones.

            En el fondo de los pozos la negrura de lo remoto.
            O lo consabido y certero.

            La confirmación de un supuesto es la afirmación de un temor fundado.

            Al final, la noche para fundirse en la soledad.

            Y el agradecimiento al destino por vivir en las imperfecciones.


viernes, abril 13, 2018

Nonsenses VI




Tiene un corazón prestado que usa para sobrevivir en los senderos subterráneos de esperanzas, para hacer merecedoras a las palabras y a las fantasías insolentes.

Usa puertas abiertas para las adivinaciones que discurren en los canales del cerebro: la imaginación sin pulso, el disfraz de terciopelo, las ideas jades que comentó ante las preguntas.

Promete, si sale de esta, volver a pecar en el quinto.

Y tocar la guitarra.

Promete volver a casa después de asesinar el día y dejar que ese carmín pinte otros espejos con esporas invisibles que aparentan enamoradas.

En las mejillas: seis líneas y muchos puntos suspensivos a centímetros de un nuevo rechazo.

Adivinaciones, enojos, lluvias en los retornos, silencios…

Sabe que lo posible es un mínimo intervalo de la realidad que vive en tierras de silencios y traiciones.

Y se acuesta en silencio sin molestar a la suerte, haciendo todo despacio para que el tiempo pase rápido.

Para que no torne el brandy en agua y vuelva a arreciar la hiedra que corroe las entrañas.


miércoles, abril 04, 2018

Nonsenses V




            El lector es el propietario de cada sentimiento escrito.

            Un dios que adopta las palabras usándolas a capricho, interpretando momentos, adaptando complicidades según transcurre la lectura.

             Recuerda, mientras nota el viento arrastrando su tristeza, el último poema que amasó con el mimo de la querencia, el grito en el páramo encharcado de su paisaje.

            Recuerda la intención de todo para que pareciese nada.

            De los escombros se crean bellas ruinas que complementan los encuadres.

            Pero él no está ahí para fotografiar nada.

            Dejó de ser protagonista para convertirse en lector leído.

            Incluso le hablaron de gestionar algo que nunca pensó que habría que hacerlo. Porque la vida no era gestión: era vivir.

            Suena el tono de un improperio bajo el algoritmo de una incerteza.

            Lee, detrás de un tomo estrafalario, las vicisitudes.
           
            Lee su vida.

            Recuerda un dios fotografiando escombros, protagonizando su vida, gestionando sus despedidas, recordando sus intenciones.

            Se recuerda protagonista.

            En la Baraka que deseó cuando el tiempo era dócil e inválido.


martes, marzo 27, 2018

Nonsenses IV





           Le proponían un juego de palabras que abarcase todas las insatisfacciones.

Le retaban a que sus sueños tuvieran una redacción imposible acerca de un concepto que habitaba en un absurdo libro de autoayuda que le dejaron hace tiempo.

Y él colocaba, sin avisar, un pequeño prefacio y una parrafada, ya escrita, junto a un poema de un libro inacabado.

Sin dar más explicaciones a las características de haber sido un imbécil sentimental.

No las pidió (ya se encargaron de explicárselas).

No las había.

En realidad no había nada salvo una fachada cínica que no conducía a sitio alguno pero que siempre era válida para sobrevivir: un anticiparse a la burla o el desamparo.

Era todo.

Es todo.

            Ellos saben de su pobre actitud para las cosas perdurables, de su actuación cotidiana para subsistir, para no mostrar tanta mansedumbre, tanta cobardía.

Ellos saben de mundos irreales que nunca serán habitados por su incapacidad, por su indiferencia, por la atrofia de la partícula que mueve una parte oculta del corazón.

Ella sabe que la razón se antepone al sentimiento.

Él sabe que la amargura mancha y que el tiempo es un ladrón.

            Por esos tiznes que ensucian su ánimo, por tantas cosas que el tiempo le ha robado, por tantas citas perdidas y tantas palabras encontradas, es un imbécil sentimental.

Por necesidad.

Por terminar, aunque sólo sea en pequeñas píldoras, con las palabras que debe.

Por todo.



miércoles, marzo 21, 2018

Nonsenses III




Observó la manada junto a la puerta.

Si sabes pedalear, tengo una bicicleta para ti, le dijeron.
No contestó.

El equilibrio no era el analgésico recetado para encontrar mejoría, pero bien podría ser el placebo que encauzase la andadura.

Si te atreves a recorrer estas calles puedes elegir la que quieras, le insistieron.
Pero sólo supo levantar la mirada y preguntar en silencio si merecía la pena. Si el empedrado no partiría en mil las astillas de su esfuerzo.

Las calles no eran más que arterias necrosadas donde alguna vez fluyó vida. No era necesario caminar por el eco de los tejidos para darse cuenta que los restos del suelo eran líquidos anestesiados.

Rodar sobre la mugre era igual que abandonar a una amante de madrugada tras una discusión: efectista pero poco efectivo.
¿En qué lado de la discusión estuvo como amante?

Las calles no palpitaban.
Nunca volverían a rebosar luz, como aquel entonces, ni empujarían los cuerpos que las pisaban con la fluidez de un torrente.

Si montas comprobarás que no eres tan viejo como piensas, aseveraron.
Y ahora sí sonrió porque acababa de entender el motivo de aquel acto, la fibra de la cortina que tapó el escenario, la excusa no dicha para cercenar el único hilo que colgaba de la ilusión.

Era viejo, sí.
Pero sabía que nunca abandonaría el espacio de su recuerdo y, aunque fuera poco, adoptaría unas cuantas marcas escritas por ella.
Visitas documentadas a lo superficial, a los superficiales.
Fugaces recuerdos adosados a su tristeza rutinaria camuflada en seriedad.

Aunque aquella noche torpe, aquellos días enfermos, no hubiera sentido lo mismo por él: era una mujer poco vulgar. 

Volvió a sonreír, esta vez con una mirada infinitamente triste.

Dame la del sillín rojo.